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David Durán - Mercado Motor - 02/11/2015 - PRUEBAS

El Mini Cooper se suelta a lo largo de la Costa Daurada

Así es la última encarnación de uno de los iconos de la industria automovilística

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Twitter (@TheDDuran)

 

Desde su aparición en la segunda mitad de los años cincuenta, el concepto de Mini – y, sobre todo, la llegada de John Cooper que creó el mito que todos conocemos – se ha mantenido bien fuerte en el imaginario social. A principios del nuevo siglo BMW resucitó el pequeño utilitario, pero es de la tercera generación (lanzada en el primer semestre de 2014) de la que pudimos disfrutar durante la semana del Rallye de Catalunya – RACC. Un Mini Cooper en color rojo, con líneas blancas y un propulsor de gasolina bajo el capó al que investigar durante varios días.

Lo primero que destaca al otear el interior es el aspecto secundario de la palabra ‘Mini’: el maletero cuenta con 211 litros de capacidad, muy inferior a la de otros rivales del mismo segmento y en la que cabe, en la práctica, una maleta de viaje o cuatro de mano. Por tanto, aunque se reclinen los asientos traseros, el Mini no es lo que se dice un vehículo perfecto para transportar materiales.

También en los asientos traseros se nota la falta de espacio: si bien entrar en ellos no supone gran problema (si bien el coche es algo bajo), el espacio para las piernas entre la banqueta y los asientos delanteros es escaso si tanto delante como detrás se encuentran pasajeros de estatura media. Esto hace que en viajes con cuatro ocupantes dos de ellos no se encuentren en la situación más cómoda de su vida.

Ahora bien, en los asientos delanteros la vida es muy distinta: los asientos son duros pero cómodos en todo momento, habiendo espacio de sobra para maniobrar y adaptarse a todas las opciones que ofrece el Mini. Con un clic, el reposabrazos (que incluye en su interior un hueco para guardar el móvil) se desplaza hacia atrás y el conductor tiene aún más libertad para el cambio de marchas u operar con el ordenador de a bordo, cuyos mandos están situados a pocos centímetros de la palanca.

El motor que monta el Cooper 2014 es el B38, visto también en los BMW 218i, 118i y 318i. Se trata de un 1.5 tricilíndrico de gasolina turboalimentado, que debutó bajo el capó del prototipo del deportivo híbrido i8. En la especificación B38A15M0, el Mini Cooper cuenta con 130 caballos y un par motor de 220 Nm, siendo su única opción de motorización ya que el Mini One lleva el B38A12U0 (1.2 tricilíndrico de 101 caballos) y el Cooper S utiliza el B48, un 2.0 de cuatro cilindros que también se encuentra en el John Cooper Works – en el Cooper S desarrolla 192 caballos y en el JCW ha sido refinado hasta los 231 según cifras oficiales).

Al tratarse de un gasolina, su par motor no llega a bajas vueltas, sino que se vuelve vivo una vez se pasa de las 2.000 revoluciones por minuto, otorgando al conductor una precisión en la respuesta que hace olvidar que se trate de un motor turbo. En ningún momento parece que falte o sobre potencia, sino que a base de intuición el B38 se vuelve un motor predecible y fácil de conducir, lo cual contribuye a una experiencia de conducción placentera tanto en terreno urbano como en carretera – para ello, lo comprobamos en varios recorridos desde Barcelona hasta Salou y vuelta, incluyendo varios viajes por la segunda localización que dieron como resultado un sabor de satisfacción cada vez que uno se ponía al volante – y algo de lástima cada vez que uno tenía que bajarse del mismo.

Ahora bien, este rendimiento también tiene un defecto: lejos del consumo homologado que asegura Mini (4,5 litros a los cien), a lo largo de la semana varias fueron las ocasiones en las que tuvo que visitar las gasolineras ubicadas en torno a Tarragona. La mezcla de callejeo por Salou y recorridos por autopista dieron unas cifras más cercanas a los siete litros a los cien, un consumo nada halagüeño pese a haber mantenido las formas con el pedal del acelerador.

La transmisión manual de seis velocidades también es un punto a favor para todos los que busquen un estilo con un punto deportivo, pues el modo en que entran las marchas y se realiza el cambio es tan suave como efectivo. A veces el cambio de cuarta a quinta puede ser algo forzado, pero en cualquier caso el funcionamiento de los engranajes y del embrague no deja que desear en ningún momento, ya que permite incluso cambios rápidos, ideal si se conduce en modo Sport.

De igual modo que el motor, tanto la dirección como los frenos pueden ser tildados de intuitivos, siendo capaz de rodar kilómetros y kilómetros sin dar el más mínimo susto. La precisión del volante es digna de mención en cualquiera de los tres modos de conducción disponibles, mientras que los discos de frenos ejercen su función en su justa medida: ni falto de frenada ni un brusco bloqueo, sino que incluso en situaciones inesperadas un toque de pedal bien medido es todo lo que se necesita para detener sus 1.160 kilogramos en vacío.

Otro aspecto que ha mejorado con respecto a las generaciones anteriores es la suspensión: sigue siendo dura con respecto a otros modelos del segmento, pero sin llegar a ser pétrea como el modelo de 2000. Con este equilibrio – conseguido, según se lee en km.77, gracias a un rediseño del sistema de suspensión McPherson – se equilibra la comodidad de un viaje por el centro de la ciudad con un paseo en el que se desee una conducción más deportiva, con una mayor velocidad de reacción sobre el asfalto. Aún sobre resaltos acusados el Mini era capaz de pasar a velocidad considerable sin tener que lastimarse la rabadilla, todo un logro para los ingenieros.

Para aumentar el reto, también fue necesario sacar al Mini del asfalto para llevarlo a los tramos de tierra en los que se celebraba la primera etapa del Rallye de Catalunya. Pese a ser, a priori, un coche urbano destinado a una imagen de marca, el comportamiento del chasis y la suspensión fue capaz de aprobar con nota el desafío que suponía cruzar tales terrenos offroad, aunque sin lograr el comportamiento de un todoterreno o del Mini All4Racing que, a día de hoy, es la referencia en el Dakar.

Todo esto lleva a una conclusión un tanto curiosa, referente a la idea de imagen de marca: hasta cierto punto, no resulta del todo comprensible como el Grupo BMW es capaz de crear un vehículo que ofrezca una experiencia de conducción deportiva tan satisfactoria, un coche con todas sus letras capaz de extraer lo mejor del conductor – y aprovechando la tecnología actual sin abusar demasiado de ella – y que, sin embargo, sea presentado al público o percibido por el mismo como un producto de moda, cual bolso o complementos similares. Además de que no es el coche mejor adaptado al ambiente urbano del mercado, tiene un gran potencial como coche destinado a paseos de domingo por tramos de montaña, con curvas en las que explotar el rendimiento de la combinación del motor, el chasis y la dirección.

La configuración de estos parámetros puede variar en función del modo de conducción que se desee: Sport, Mid o Green. A través de un interruptor colocado en la base de la palanca de cambios, uno puede optar por un modo de conducción más conservador o, como indica la propia consola del Mini, una sensación próxima a la de un kart. El modo Green – en el que se cambia el mapa del motor y la dirección y la suspensión se vuelven más suaves – presenta la curiosidad de que, en el salpicadero, aparece un medidor indicando la cantidad de kilómetros extra que uno se ahorra al conducir en dicho modo en lugar de los otros. Como aspecto de infoentretenimiento es interesante, ya que anima e incluso premia al lector al llevar una práctica más ahorradora – siempre que esto no haga caer en prácticas peligrosas, claro está.

Muy relacionado con el modo Green está el limitador de velocidad, el cual puede activarse con un solo click de botón situado (en una posición muy cómoda, además) en la parte izquierda del volante. Al pulsarlo, la velocidad a la que se circule en ese momento es la que se fija como máxima, mientras que para cambiar el límite hay que pulsarlo de nuevo, reducir o aumentar la marcha y volverlo a pulsar. Hay que tener en cuenta también que si se apaga el motor o se cala, tanto el modo de conducción como el límite de velocidad se resetean, teniendo que volver a configurar el Mini.

En el otro extremo, el Sport es capaz de sacar a relucir lo mejor del conjunto mecánico del Mini, endureciendo los reglajes y variando la respuesta del motor a un auténtico cohete de bolsillo. De hecho, tal era el cambio – sutil pero notable – en el comportamiento del coche que hace imaginar hasta que punto hubiera llegado a sorprender en las carreteras de la Costa Azul o en parajes similares. Debido a la cantidad de kilómetros a recorrer y la desoladora visión del depósito vaciándose en más de una ocasión, tampoco conviene abusar del modo Sport – aunque es la opción idónea para darse el placer de conducir, cumpliendo con creces el famoso lema de la marca de Baviera.

La primera definición que un servidor llegó a oír acerca del cuadro de mandos es “como de una nave espacial”. Sin duda, la elección del diseño circular para la pantalla del ordenador es curiosa, pero no deja de ser funcional si se controla con un mando de similar forma como es el denominado Mini Controller. Desde este dispositivo se puede acceder a diversas funciones como el navegador, la radio o el ordenador de a bordo en sí, mostrando todo tipo de información respecto al vehículo – desde el consumo hasta la presión de neumáticos. Todo esto además es presentado con un diseño moderno, propio de un modelo que se relaciona en la actualidad con la idea de fashion, muy distinguido del estilo en el que se presenta la gama BMW.

Otro pequeño aspecto de especial interés es el sistema de proyección de datos que se despliega ante el conductor – un elemento opcional, disponible como extra por 500€. En esta lámina de plástico se muestra la velocidad actual, la velocidad máxima a la que se permite ir por la vía en la que se circule y diversas informaciones provenientes de los sensores colocados en diversas partes del vehículo, como en los pasos de rueda o en la parte posterior. Todo esto trabaja en conjunto para la seguridad pasiva del vehículo, avisando al conductor si se acerca demasiado a otro vehículo (se enciende un piloto naranja en la lámina) o a un muro o acera a la hora de estacionar.

La cámara trasera es otro de estos elementos que facilitan la tarea de maniobrar en un vehículo ya de por sí cómodo: al colocar la marcha atrás (situada junto a la primera, se acciona llevando la palanca con fuerza hacia la izquierda y después hacia arriba) lo que se observa la lente de la cámara, situada en la matrícula, se muestra en la consola central – lo cual es un alivio teniendo en cuenta que la ventana trasera del Mini no permite mucha visión debido a su reducido tamaño.

En general, el Mini Cooper ha conseguido mantener su carácter de vehículo de pequeñas dimensiones capaz de mostrar un gran rendimiento, a la vez que se ha adaptado con éxito a las exigencias del público de este momento de la historia. Pese a no ser un coche para toda clase de usos – su reducido tamaño le penaliza en algunas tareas – se trata de un rival digno a tener en cuenta en su clase por 20.550 euros – siendo un contrincante directo del Audi A1 TFSI, con similar mecánica y precio.


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